Si comparamos el vino que bebían nuestros abuelos con el que bebemos hoy en día, encontramos diferencias notables. El vino actual es menos fuerte y está más lleno de matices. La Unión Europea, a través de la PAC (Política Agraria Comunitaria) cambió el vino que se elabora en nuestro país y modificó nuestros paladares.
El vino de nuestros abuelos era un vino denso, potente. Espeso incluso en la textura. Cuando caía al suelo, porque a lo mejor se rompía una botella, parecía sangre derramada. Carecía de esa ligereza del vino moderno, que pareciera que baila en el interior del cristal cuando lo vertemos en una copa.
Aquel vino de antaño se compraba a granel. Se tomaba a todas horas. En el almuerzo, en la comida, en el trabajo. Los hombres de campo acudían a la faena con una bota que rellenaban todas las mañanas y de las que echaban mano para refrescar el gaznate.
En los bares, el vino se servía en un vaso de cristal mediano. Como el que se utiliza en Madrid para servir las cañas de cerveza o los cafés con leche. Diferente a las copas donde lo tomamos hoy y que nos permiten apreciar los aromas.
Hasta los años 80 del siglo pasado, el vino fue la bebida más consumida en España. Es entonces, con los halos de la modernidad, la llegada de la democracia, cuando la cerveza tipo pilsener toma el relevo. Una bebida económica, con menos graduación y más ligera, pero que tiene el problema de que solo se puede tomar fría.
Pero España continuaba siendo un gran productor de vino. Con la entrada en la Comunidad Económica Europea, la producción de vino tuvo que adaptarse al gusto francés. El que imperaba. Un vino más sofisticado. Este cambio se efectuó de manera progresiva, por medio de directrices que nos llegaban desde Bruselas.
Directrices de la Unión Europea que cambiaron el vino.
Varios etnólogos que hemos consultado indican que la normativa europea que más cambió la producción de vino en España fue el Reglamento 427/2008 del 29 de diciembre de ese año, que abordó una reestructuración profunda de la industria vinícola, apostando por el vino de autor y regulando las Denominaciones de Origen Protegidas (DOP) y la Indicación Geográfica Protegida (IGP), partiendo de diferenciar unos vinos de otros, pero siempre enfocándolos al mercado internacional. Donde, como ya hemos dicho, regían los parámetros impuestos por el vino francés.
Pero no fue la única directriz que nos afectó. Estas son otras normas europeas que han influido en la producción de vino en nuestro país:
- Reglamento 822/87 (Organización Común del Mercado del vino).
Este reglamento establece las bases del sistema vitivinícola europeo durante la década de los 90. Regulaba, entre otras cosas, la gestión de los viñedos, las destilaciones obligatorias y los mecanismos para gestionar excedentes. España, tras su entrada en la CEE, tuvo que adaptarse a ella. - Reglamento 1493/1999. Esta directriz supuso una reforma significativa para el sector. Introdujo normas más estrictas sobre los derechos de plantación y clasificación de vinos. Anteponiendo la calidad a la cantidad y abriendo las puertas a la entrada de nuevas variedades de cepas en los viñedos españoles.
- Reglamento 1308/2013. Esta normativa integró el vino dentro de una ordenación común de todos los productos agrícolas, estableciendo un sistema de autorizaciones de plantación que sustituyó los antiguos derechos. Era la Unión Europea quien determinaba los cupos de producción de vino para los países. Con esta norma se limita el crecimiento de los viñedos. Fue la época polémica en la que a los viticultores se les daban subvenciones por arrancar viñas.
- Reglamentos 2019/33 y 2019/34. Estos dos reglamentos desarrollan las normas sobre denominaciones de origen e indicaciones geográficas protegidas que aparecen recogidas en el Reglamento 427/2008, que hemos mencionado al principio de este apartado. Fija normas respecto al etiquetado y la certificación, facilitando una trazabilidad de los vinos.
- Reglamento 2021/2117 (Reforma de la PAC 2023-2027). Esta directriz marca un cambio de orientación en la Política Agraria Comunitaria (PAC) sobre la base de abordar asuntos como la agricultura sostenible, el uso de nuevas tecnologías en la gestión agraria y el cumplimiento de los compromisos con la Agenda 2030 que, desde luego, afectan al mundo del vino.
Vino francés versus vino del sur de Europa.
Vamos a ver ahora las diferencias que hay entre el vino francés y el vino que tradicionalmente se ha elaborado en nuestro país y por qué el primero marca las pautas del mercado internacional.
Por condiciones climatológicas y del terreno, el vino español ha sido siempre más parecido al vino que se elaboraba en Italia, en Portugal o en Grecia que al vino francés.
El sur de Europa tenemos un clima mediterráneo, con unas temperaturas de contraste que se acentúan a medida que nos alejamos de la costa: veranos calurosos, inviernos fríos, una fuerte presencia de la luz solar y una baja pluviosidad. La orografía de España es variada, pero digamos que estas son las condiciones que se dan en la mayoría de las zonas de gran producción vinícola de la península ibérica (La Rioja, las dos castillas, Andalucía). Para elaborar el vino se emplean variedades de uva que soportaban bien la falta de agua y los cambios radicales de temperatura. Viñedos resistentes que proporcionan una uva con una alta graduación de azúcar y una producción más baja.
En cambio, en Francia, predomina el clima continental. Con una temperatura más fresca, pero más estable, un alta presencia de precipitaciones y una menor cantidad de horas de sol. Las variedades de uva que se ajustan a estas condiciones son cepas de regadío, con un follaje exuberante, una alta producción de uva por planta, pero una menor cantidad de azúcar en la baya. Como consecuencia de ello, los vinos resultantes son frescos, olorosos y más ligeros.
A esto hay que añadir que Francia es la creadora de la alta cocina, en la que integra sus vinos. Desde la época de Luis XIV, con el cocinero François-Pierre de La Varenne a la cabeza, en el siglo XVII, los cocineros franceses comienzan a refinar las técnicas, para transformar la comida en una expresión artística. La nueva cocina se convierte, primero en las cortes reales de Europa y más tarde para el resto de la sociedad, en una expresión de elegancia y buen gusto.
Con el fin de sublimar las experiencias gustativas, la cocina francesa crea el maridaje. La combinación entre el vino y la comida para realzar los sabores. Comienza a estudiar en profundidad los vinos y desarrolla profesiones como la del sumiller, que es un experto en la materia.
De esta manera, Francia impone sus vinos a nivel internacional y educa, de esta forma, el paladar de los comensales.
Los vinos españoles en el mercado internacional.
Tras siglos dedicados, en lo fundamental, a abastecer el mercado nacional, hoy, como resalta el blog Vinos Selección, España es el primer exportador del mundo de vino por cantidad de litros.
El cava catalán destina el 29,4% de la producción a la exportación. La Denominación de Origen Rioja vende el 23,5 % de su vino fuera de nuestras fronteras.
Según la Federación Española del Vino, nuestro país destinó en el 2022 a la exportación más de 2.153 millones de litros. Tenemos 4.387 bodegas exportadoras que venden vino en 189 países de todo el mundo; siendo nuestros principales mercados Alemania, Estados Unidos, Inglaterra y Francia.
Pero, además, los vinos españoles son valorados en el mundo. Ya en el siglo XIX, grandes comerciales ingleses se enamoraron del vino que se hacía en la provincia de Cádiz y se emparentaron con terratenientes locales para elaborar un vino de alta calidad, adaptado a los gustos británicos. Es así como el Jerez se convierte en un vino internacional.
Otros vinos españoles son muy valorados internacionalmente. Nos referimos a los vinos de Rioja, de Ribera del Duero o de Rueda. Este último, especialmente apreciado en la categoría del vino blanco ya que está elaborado con una uva autóctona, el verdejo, que le aporta un aroma frutal y un regusto amargo que no se aprecia, de la misma manera, en otros vinos del mundo.
Los viticultores españoles incorporan variedades francesas.
Para ser competitivos en el mercado internacional, los viticultores españoles han tenido que incorporar en sus viñedos variedades de uva foránea que, combinadas con las autóctonas, modifican y mejoran los caldos locales.
Viveros como Plantvid, un vivero ubicado en Aielo de Malferit (Valencia) y que es un referente nacional e internacional en el suministro de cepas para los agricultores, han incorporado en su amplio catálogo variedades de uva foráneas, principalmente francesas, que son ampliamente demandadas por los viticultores españoles.
Algunos de los tipos de uva franceses que más se plantan en nuestro país son el Cabernet Sauvignon, el Merlot y el Syrah. El Cabernet Sauvignon es una uva de regadío con una estructura tánica interesante que facilita trabajar con ella para desplegar todo un abanico de aromas y matices, adecuada para crear vinos de autor. El Merlot es la variedad de uva tinta más cultivada en Francia, con ella se obtienen vinos de acidez baja y aromas complejos que son bastante agradecidos para criarlos en barrica. Por otro lado, el Sirah, una uva que requiere más cuidados de lo normal, aporta un color azulado y unos matices que son difíciles de encontrar en los vinos españoles.
En cuanto a los vinos blancos, se están introduciendo variedades de uva como el Chardonnay, el Pinot Blanc y el Sauvignon Blanc. El Chardonnay es una variedad francesa que se ha extendido por todo el mundo hasta llegar a zonas recónditas como Nueva Zelanda, donde, utilizándola como base, se elaboran vinos afrutados, de acidez media, con una calidad excepcional. El Pino Blanc es una uva que se utiliza en Francia para elaborar espumosos y que se está introduciendo en España para producir vinos de aguja e interesantes variedades de cava. Por otro lado, el Sauvignon Blanc, otra variedad francesa, es adecuado para producir vinos secos, elegantes y llenos de matices.
Partiendo de la combinación de diferentes variedades de uva, las que tenemos aquí de siempre y las que hemos importado, la etnología se ha convertido en una curiosa alquimia que busca sorprender al consumidor con nuevas propuestas que sean capaces de romper sus esquemas.
Un vino con personalidad.
A pesar de que hemos cambiado nuestra forma de hacer vino y que nos hemos adaptado a las exigencias europeas, al mercado internacional y al gusto francés, podemos decir que los vinos españoles conservan una personalidad propia. Unos rasgos identitarios que los hacen ser reconocibles en todo el mundo.
La variedad es una de nuestras principales características. Dice la web Spanish Wine Lover que en nuestro país se puede elaborar cualquier tipo de vino que existe, excepto los propios de climas muy fríos.
Tenemos los cavas catalanes, la afilada acidez del txacolí navarro o la frescura de los vinos gallegos. Todo eso sin olvidar el cuerpo equilibrado de los Rioja y los Riberas del Duero, la generosidad de los vinos manchegos o la elegancia de los finos de Jerez.
Entrar en el vino español es sumergirse en un apasionante universo por descubrir. Un mundo rico y diverso, pleno de opciones, donde una vez entras es difícil que te aburras. Siempre vas a encontrar un vino diferente que te va a sorprender.
El vino español tiene algo más, tiene oficio. Se dice que cuando los romanos llegaron a la península ibérica, los íberos ya elaboraban vino. La Roma antigua extendió el trigo, el olivo y la vid como señales de su cultura y base de su economía. Son más de 2.000 años fabricando vino. Algo que nos proporciona unas tablas y una maestría capaz de derrumbar la propuesta más innovadora.
Esa tradición vinícola, que forma parte de nuestra cultura, es lo que nos ha permitido adaptarnos a las exigencias europeas en poco tiempo y sin perder nuestra identidad.
Es cierto que la Unión Europea ha modificado nuestra forma de hacer vino, pero no nos ha cambiado del todo. Visto en perspectiva, estas exigencias han sacado lo mejor de nuestros vinos. Las han hecho mejores.